El predicador

El predicador

by Erskine Caldwell, Rebecca Bouvier

NOOK Book(eBook)

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Overview

Cuando el coche de Semon Dye empieza a lanzar vapor y le deja tirado a la entrada de la propiedad de Clay Horey, el lector sabe que de allí en más solo habrá problemas.
Bienvenido por los habitantes de un pueblo de una sola calle, donde la única iglesia se usa para almacenar fertilizantes, Semon Dye no tarda en seducir esposas y ex esposas, beberse todo el whisky, hacer trampa a los dados, ostentar armas y ocultar solo a medias su pasado de convicto.
Pero nada de esto impide que el pueblo entre en trance cada vez que usa la palabra divina: su personalidad magnética ha echado un maleficio sobre ellos, que prefieren perderse a perder de vista al predicador.

Product Details

ISBN-13: 9788415997085
Publisher: Roca Editorial de Libros
Publication date: 02/28/2014
Sold by: Barnes & Noble
Format: NOOK Book
Pages: 135
File size: 703 KB

About the Author

El camino del tabaco y La parcela de Dios son las obras por las que Erskine Caldwell se ganó un puesto en la historia de la literatura. Hijo de un ministro de la Iglesia Presbiteriana se vio obligado desde muy joven a mudarse allí donde su padre encontraba trabajo, lo que le permitió empaparse de la esencia sureña americana. Reconocido tanto por la crítica como por el gran público, llegó a recibir elogios de William Faulkner y Ezra Pound.
Temas como la moralidad, la miseria, el racismo, la pasión salvaje y la violencia son tratados por Caldwell sin sofisticaciones desde una perspectiva profundamente humana con trasfondo sureño. Escritor de 25 novelas, 150 relatos, 20 colecciones de no-ficción, dos autobiografías y dos libros juveniles, murió en abril de 1987 a causa de un cáncer de pulmón.

Read an Excerpt

El predicador


By Erskine Caldwell, Pablo Leonardo Martínez, Rebecca Bouvier

Barcelona Digital Editions, S.L.

Copyright © 1963 Erskine Caldwell
All rights reserved.
ISBN: 978-1-4804-9083-3


CHAPTER 1

El destartalado automóvil salpicado de barro salió de la carretera y se detuvo junto al magnolio. El hombre alto y delgado —parecía haber vivido de medias raciones desde el día en que fue destetado— se quedó serio e inmóvil, con las manos agarrando el volante. Sus ojos permanecieron clavados en la fila de postes combados que formaban la valla que tenía delante.

Clay Horey, sentado en su porche, se inclinó hacia delante y entrecerró los ojos para suavizar el resplandor del sol sobre la arena blanca y tratar de ver quién había allí. Durante un rato ni siquiera pudo convencerse de haber visto a nadie. De tanto sentarse en su porche a mirar el incoloro y seco paisaje, semana tras semana, año tras año, había acabado por no creerse lo que sus propios ojos veían.

—Esa maldita achicoria le nubla a uno la vista en verano —dijo—. Uno de estos días tendré que agenciarme una garrafa de whisky. No creo que haya cosa mejor para despertar a un hombre.

Cerró los ojos para tratar de oír, a través del zumbido que el calor producía en sus oídos, la molesta llegada de un extraño. Pudo reconocer el parloteo de un arrendajo y el chirrido del arado tensándose, así como todos los otros sonidos familiares que le llegaban desde una distancia de millas más allá de las arenosas tierras de labranza, pero le costó distinguir los extraños sonidos procedentes de su propio jardín delantero.

—No puede ser nadie importante —dijo, finalmente, con los ojos bien abiertos—. Y si lo es, se ha apartado de su camino al venir aquí.

Clay siguió mirando fijamente, moviendo desconcertado la cabeza, al adusto hombre del coche sin capota. No le vino a la mente ningún hombre en todo el mundo que quisiera venir desde esa dirección, a esa hora del día, para verle. No tenía dinero para comprar nada y no tenía dinero para pagar lo que debía. Era simplemente una pérdida de tiempo el molestarse en apartarse del camino para venir a verle.

De nuevo forzó la vista, pero no observó ningún movimiento que lo convenciera de que no estaba soñando por culpa de la cafetera entera de achicoria que se había bebido aquella mañana para desayunar. No había una sola nube en el cielo azul claro; no había brisa que hiciera mover las hojas del magnolio; no se percibía movimiento en el planeo y las vueltas que daban las águilas en lo alto; y ahora, el destartalado automóvil y el polvoriento desconocido estaban tan inertes como la fila de postes combados de la valla que había junto a la carretera.

Clay trató de convencerse de nuevo de que lo que pensaba que había visto era meramente una ilusión debido al calor y la arena. Le habría gustado taparse los ojos con el sombrero y hacer una corta siestecilla antes de la comida, pero cuando lo intentó, el espejismo se negó a desaparecer por el mero movimiento de volver hacia abajo el ala del sombrero. Se incorporó, enfadado y nervioso, y fijó la mirada al otro lado del jardín.

—No puede ser nadie importante —dijo—, o no habría parado el motor antes de salirse de la carretera. Nunca he conocido a nadie tan rácano con la gasolina que no fuera un maldito don nadie.

Habían pasado casi cinco minutos cuando el motor repentinamente se puso en marcha solo y empezó a funcionar otra vez. El hombre cubierto de polvo se sobresaltó y se quedó sentado muy tieso, como si hubiera estado esperando a que eso ocurriera, pero finalmente le hubiera cogido por sorpresa.

El impredecible motor empezó a acelerar. Cuando un automóvil que ha sido conducido en medio del calor, sin reponer agua en el radiador y sin demasiado aceite en el cárter, se pone en marcha por sí mismo después de haber sido apagado ... Bueno, no hay que esperar demasiado para descubrir lo que va a suceder. Cuando a Clay le pareció que el vehículo entero iba a estropearse debido a la vibración que lo sacudía de un guardabarros al otro, el motor se paró con un zumbido igual al que hace el resorte de un despertador al soltarse. Todo acabó con una ensordecedora detonación del destrozado tubo de escape.

Cuando hubo pasado todo, el desconocido se relajó. Una densa nube de nauseabundo humo negro se infló encima del coche por un instante y luego se fue flotando hacia la casa.

Apenas se había extinguido el eco de la detonación cuando una bandada de urracas salió de los bosques como un aluvión, cotorreando y voceando como si hubieran descubierto una serpiente en un árbol.

—Supongo que tendré que ir a preguntarle lo que quiere —dijo Clay—. Parece que no tiene el sentido común de venir a protegerse del calor.

La oleada de humo negro empezó a desintegrarse en el caliente aire de mediodía, pero el nauseabundo olor rondó por el porche y empezó a colarse por las puertas y ventanas abiertas de la casa.

Clay se puso de pie de un salto, tirando la silla al suelo.

—¡Maldito el hombre que viene hasta la puerta de casa en su automóvil y suelta una peste semejante! —dijo, finalmente despierto. Empezó a notar náuseas en la boca del estómago—. ¡En mi vida me han enfurecido tanto!

Ya no pudo aguantar más. Se inclinó sobre la barandilla del porche y, apretándose la nariz con el pulgar y el índice, se sonó con todas sus fuerzas. Incluso así pudo oler el humo, y era incluso más nauseabundo.

—¡Maldito sea el hombre que te hace esto delante de tu propia casa! —gritó enfadado en dirección al desconocido alto y de cara curtida.

Clay empezó a golpear el poste que sostenía el tejado. Hizo tanto ruido, sacudió la casa de tal manera con sus puños martilleantes, que su esposa salió corriendo por la puerta de la entrada que estaba justo detrás de él.

—¡Clay! ¿De dónde viene este olor tan espantoso? —preguntó Dene con voz entrecortada—. ¡Qué olor tan repugnante!

Clay señaló al hombre que estaba saliendo del coche aparcado bajo el magnolio.

Dene murmuró algo que Clay no pudo comprender y, sosteniendo la falda levantada hasta las rodillas, desapareció corriendo del porche con un susto de muerte.

Clay bajó los escalones que llevaban al jardín. El hombre había salido del automóvil y caminaba de arriba abajo dando pasos largos, estirando las piernas y deteniéndose a menudo para sacudirse uno de sus pies. La ropa del tipo estaba arrugada y cubierta de polvo. Su piel curtida parecía haber sido rociada con pintura marrón.

—Me llamo Semon Dye —dijo echando una ojeada de arriba abajo a Clay, pero ignorándolo como si fuera un pedazo de madera—. ¿Y tú?

Le alargó la mano a Clay, empujándola hacia delante como si fuera un poste envuelto en una chaqueta vieja. Clay se miró la mano y dio un paso atrás cada vez que esta se acercaba a él. La mano lo siguió hasta la valla.

—Ya te he dicho mi nombre —dijo Semon—. Ahora tú, ¿cómo te llamas?

Clay, con la espalda contra la valla, miró la mano de gran tamaño cuyo pulgar apuntaba hacia arriba como una pequeña mazorca de maíz.

—¿Yo? —dijo Clay—. Vaya, pues me llamo Clay Horey.

Semon le agarró la mano y la sacudió hasta dejarle a Clay el brazo entumecido.

—Encantado de conocerte —dijo Semon sin dejar de sacudirle la mano—. En serio, encantado.

Semon le soltó la mano y esta cayó sobre el muslo de Clay como una bolsa de perdigones, mientras miraba por encima de los hombros de Clay hacia la casa y el granero, torciendo el cuello para poderlo ver todo.

—Tienes una bonita morada —dijo finalmente—. Yo también fui propietario de una granja en otros tiempos.

Se dio la vuelta y miró carretera abajo, hacia las cabañas de los negros que había a unos cientos de yardas de distancia. Frente a las cabañas se abrían los campos de algodón. Detrás estaban los bosques que bordeaban el arroyo. Semon siguió mirando las cabañas.

—¿La mano de obra? —preguntó, abriendo los ojos como platos y señalando con la cabeza lentamente hacia las cabañas mientras miraba los labios de Clay.

Clay asintió mientras seguía el movimiento de la cabeza de Semon, pero se contuvo a tiempo antes de abrir los ojos como Semon.

—Hardy y George están cultivando algo de maíz este año —dijo Clay—. Deben de estar en los campos.

Semon se volvió de nuevo y miró hacia las dependencias. Clay siguió su mirada, pero no vio nada que pudiera llamarle la atención a nadie de la manera en que le llamaba la atención a Semon.

Mientras esperaban, salió una muchacha negra de una de las cabañas y bajó por la carretera.

Clay seguía esperando a que Semon indicara la naturaleza de su negocio y explicara por qué estaba ahí. No estaba acostumbrado a que ningún desconocido subiera a su casa y se detuviera ahí, porque la carretera estatal estaba a unos doce o trece kilómetros y el camino que pasaba por delante de su casa no llevaba a ninguna parte. Terminaba cinco kilómetros arroyo arriba, en medio de un cañaveral.

Semon no se ofreció a dar ninguna explicación sobre por qué estaba ahí.

—Estás algo lejos de casa, ¿no? —preguntó Clay finalmente, incapaz de esperar más.

—Sí y no —dijo Semon—. Lo estoy y no lo estoy.

Semon clavó su pulgar tieso en las costillas de Clay al tiempo que emitía un sonido como de succión con los labios que sonó como si estuviera llamando a un perro.

—¡Por Dios, hombre! —gritó Clay, saltando casi a un pie de altura—. ¡No vuelvas a hacer eso nunca más!

—¿Tienes cosquillas? —preguntó Semon.

Clay lo miró de reojo con mucho detenimiento.

—No —dijo—, pero nunca he soportado que me pinchen.

—Hay gente así —repuso Semon—. Me parece que tú eres uno de ellos.

—Imagino que sí —dijo Clay con el ceño fruncido y frotándose las costillas—. Aunque nunca pensé que nadie tuviera que decírmelo.

Semon se rio por primera vez y se encaminó hacia la casa sin esperar a Clay.

—¡Qué bien estar aquí, después de haber conducido tanto rato! —dijo Semon—. Lo mejor es que he llegado a tiempo para la cena.

Estaban a mitad de camino de la casa. Clay corrió detrás de Semon y lo agarró por la parte posterior de la chaqueta.

—Espera un minuto —dijo Clay en tono amenazador, tirando nervioso de la chaqueta de Semon—. Espera un minuto.

Semon se lo sacó de encima dando un tirón a la chaqueta.

—No te atrevas a ponerle la mano encima a un hombre de Dios, Horey —dijo en tono severo.

Clay miró la cara color de cuero.

—¿No serás predicador? —preguntó, temeroso, viendo por primera vez el traje negro polvoriento, el sombrero negro y la estrecha pajarita negra.

—Lo soy, lo soy —afirmó Semon y sus cejas se fundieron en una sola—. No le pongas las manos encima a un hombre de Dios, Horey. Soy Semon Dye.

Semon alargó el brazo para darle a Clay con su pulgar tieso, pero Clay se apartó de un salto.

—Bueno, eso es otra cosa —dijo Clay y se adelantó y abrió el camino hacia el porche—. Eso es algo muy distinto, ya que eres Semon Dye. Ya oí el nombre cuando lo mencionaste bajo el árbol, pero no te presté atención. Me alegro de que me lo hayas recordado. Por alguna razón, he creído que eras un maldito granuja en busca de líos. Pero, entre tú y yo, esto es otra cosa. Bienvenido. Me siento orgulloso de tenerte aquí. De verdad, aunque sea yo el que lo diga.

Semon lo miró desde su gran altura, sonriendo y asintiendo para demostrar que no le guardaba rencor.

—Me siento orgulloso de que hayas venido —dijo Clay—. ¿Vas a predicar por aquí?

—Nada más y nada menos —dijo Semon. Se detuvo y miró de nuevo carretera abajo, hacia las cabinas de los negros. La muchacha había desaparecido tras la curva—. ¿Crees que me podrías alojar unos días, amigo?

—Haré lo que pueda —dijo Clay—. Pero la verdad es que no tengo mucho. No más de lo que puedes ver.

—Está bien —dijo Semon poniendo una mano sobre el hombro de Clay—. De todas formas no estoy acostumbrado al derroche, excepto en lo que se refiere a divertirse con muchachas y mujeres. Cuando un hombre necesita un poco de sexo para animarse, se las arregla con lo que satisface a la gente ordinaria.

—Bueno —dijo Clay—, no sé si debería decirlo, pero ...

—No pienses que ya me estoy quejando, —dijo Semon, dándole palmaditas en el hombro—. Apenas he podido echar una ojeada.

—Bueno, es que es lo que quería decirte —terció Clay—. Quizá no sea este el sitio adecuado para ti, porque a decir verdad ...

—No te preocupes, Horey. Si mañana por la mañana aún no le he tomado las medidas a este lugar, recogeré mis cosas y me iré. He viajado y predicado casi toda mi vida, y sé ver el valor de un lugar donde otro no ve más que piedras.

Clay negó con la cabeza, pero sacó una silla para que Semon se sentara.

—Te será algo difícil por aquí —dijo Clay, tras reflexionar un poco—. No ha pasado por este sitio un predicador digno de ese nombre en no sé cuántos años. El último que recuerdo dijo que había hecho lo que había podido, pero que era inútil. Cuando se fue dijo que la gente había ido demasiado lejos como para obtener ayuda en esta vida.

—Cuanto más pecadores, tanto más me gusta —dijo Semon apoyando los pies en la barandilla y reclinándose en el respaldo de la silla—. He venido aquí a arrancaros la perversidad a todos vosotros, y cuando empiezo algo lo acabo.

—Entonces tienes un montón de trabajo entre manos. No conoces a la gente de Rocky Comfort como la conozco yo. Nací entre ellos, y sigo siendo uno de ellos. En lo que se refiere a ser pecadores, no conozco ningún lugar de Georgia que nos supere. Es la pura verdad, aunque sea yo el que lo diga.

—Eso es porque nunca habéis escuchado la voz de Semon Dye poniendo los pelos de punta a vuestra naturaleza pecadora —dijo Semon mientras negaba con la cabeza—. En toda mi vida como predicador jamás he recibido ninguna queja. Gentes de todas partes dicen que yo sé dónde encontrar al demonio. Yo lo echaré a patadas de este lugar y que caiga muerto si no lo logro.

Clay echó una ojeada a los enormes pies y manos, y a los seis pies y ocho pulgadas de hombre que se habían doblado por la mitad al apoyar los pies en la barandilla.

—Yo no necesito que me prediquen tanto como lo necesitan los demás —le dijo Clay—. Me enorgullece decírtelo. He llevado una vida decente durante los últimos siete u ocho meses, más o menos. Nunca he sido tan bueno como ahora. No sé lo que me pasa a veces. El cuerpo ya no me pide ser malo. Prefiero sentarme aquí en el porche, durante toda la primavera y el verano, que salir y ser un cretino.

—Todo el mundo es vil —expuso Semon con seriedad.

—¿Todo el mundo? —preguntó Clay, dudando unos instantes—. ¿Tú también?

Semon rio un poco volviéndose hacia Clay como si fuera a darle de nuevo en las costillas. Clay apartó su silla unas cuantas pulgadas.

—Soy Semon Dye —dijo de repente serio—. El Señor no ha de preocuparse de mí. A mí me da carta blanca.

—Supongo que a veces eso te debe venir bastante bien —dijo Clay.

—Amigo —dijo Semon, guiñándole con uno de los ojos achinados de su cara curtida—, eres muy perspicaz.

Se oyó un ruido al otro lado de la ventana. Semon y Clay se dieron la vuelta cuando lo oyeron.

—¿No vives solo, Horey? —dijo.

—Uno no lo diría. Tengo a mi mujer ahí dentro. Supongo que era ella la que ha hecho el ruido que acabamos de oír. Es muy curiosa, pero hacer que sea sociable con alguien que no ha visto nunca es como tirar de un buey por la cola. Llevamos casados desde el pasado otoño. El padre de Dene enfermó y murió el año pasado y apenas llevaba tres días muerto cuando Dene y yo nos casamos.

Semon asintió en señal de aprobación.

—Y luego está el pequeño Vearl. Debe andar por ahí. Vearl es el hijo de mi anterior esposa. No viene mucho por casa. Parece que prefiere estar en las dependencias de la mano de obra con Susan y su montón de negritos.

Semon siguió asintiendo. Se humedeció los labios con la lengua y se los secó con el dorso de la mano.

—Eso está muy bien, Horey. Un hombre debería tener una esposa hoy en día. Siempre me gusta visitar a un hombre que tenga una esposa en casa. Nunca me alojo más de un día en casa de un hombre que no tenga esposa.


(Continues...)

Excerpted from El predicador by Erskine Caldwell, Pablo Leonardo Martínez, Rebecca Bouvier. Copyright © 1963 Erskine Caldwell. Excerpted by permission of Barcelona Digital Editions, S.L..
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