Tierra trágica

Tierra trágica

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Overview

Spence Douhit emigra a la ciudad para contribuir al esfuerzo de guerra en una fábrica de pólvora. La fábrica cierra y el esfuerzo de guerra se traslada a otras ciudades. Hace dos años que no encuentra trabajo y las casas baratas donde los alojó el Gobierno se han convertido en un barrio marginal y tóxico.
Su mujer, postrada por los dolores y la adicción al tónico que los alivia, solo quiere más brebaje. Mavis, la hija pequeña, ha escapado de casa después de ser violada por el camello del barrio y vive en el burdel donde trabaja. Lilly, la mayor y sostén de la familia, está a punto de casarse con Jim Howard y dejarlos sin ingresos.
El Gobierno regresa a la vida de Spence Douhit en la forma de una asistenta social, que lo conmina a sacar a Mavis del burdel. A cambio, le otorga un mes de gracia antes del desahucio.
Pero cuando Douhit llega al prostíbulo de los barrios ricos, olvida su propósito distraído por las mesas de juego, el alcohol y los bailes de las putas. Y por un joven simpático en quien cree ver un buen partido para Mavis y que resulta ser su proxeneta.
La crítica más acerba del New Deal de Franklin D. Roosevelt que haya dado la literatura.

Product Details

ISBN-13: 9788415997061
Publisher: Roca Editorial de Libros
Publication date: 02/28/2014
Sold by: Barnes & Noble
Format: NOOK Book
Pages: 178
File size: 755 KB

About the Author

El camino del tabaco y La parcela de Dios son las obras por las que Erskine Caldwell se ganó un puesto en la historia de la literatura. Hijo de un ministro de la Iglesia Presbiteriana se vio obligado desde muy joven a mudarse allí donde su padre encontraba trabajo, lo que le permitió empaparse de la esencia sureña americana. Reconocido tanto por la crítica como por el gran público, llegó a recibir elogios de William Faulkner y Ezra Pound.
Temas como la moralidad, la miseria, el racismo, la pasión salvaje y la violencia son tratados por Caldwell sin sofisticaciones desde una perspectiva profundamente humana con trasfondo sureño. Escritor de 25 novelas, 150 relatos, 20 colecciones de no-ficción, dos autobiografías y dos libros juveniles, murió en abril de 1987 a causa de un cáncer de pulmón.

Read an Excerpt

Tierra trágica


By Erskine Caldwell, Pablo Leonardo Martínez, José Luis Piquero González

Barcelona Digital Editions, S.L.

Copyright © 1971 Erskine Caldwell
All rights reserved.
ISBN: 978-1-4804-9084-0


CHAPTER 1

Spence Douthit se había pasado todo el día intentando comprar a crédito en alguna parte una botella del tónico estomacal favorito de Maud. La calurosa tarde de agosto declinaba cuando regresó a Pobre Chico y, mientras recorría cansinamente el canal portuario, ya a la vista del bungaló agrisado por el tiempo, con el oxidado tejado de hojalata, se sorprendió al oír música que salía de su casa.

Había ido a todas las farmacias, tiendas y bazares chinos que pudo encontrar en el barrio sur, pero aunque la mayoría de los dueños tenían un abundante suministro de tónico, cuando descubrían que no llevaba dinero en el bolsillo todos meneaban firmemente la cabeza y volvían a poner la botella en el estante. Cuando al fin se dio por vencido y emprendió el regreso a casa, se sintió exhausto y desanimado. Hubo un tiempo en que no se habría molestado en pararse a comerciar con un chino, y ahora los chinos no se paraban a comerciar con él.

Deteniéndose y volviendo la cabeza hacia un lado, como un perro que levanta las orejas ante un sonido familiar, Spence escuchó esperanzado la vibrante música de baile. Era el tipo de música que le gustaba a Libby y que era fácil encontrar en la radio a cualquier hora del día o de la noche.

Cuando se hubo convencido de que la música no provenía de ninguna de las casas vecinas, sacó las manos de los bolsillos y apresuró el paso, mientras su sonrisa vacilante se convertía en una sonrisa de oreja a oreja.

—¡Es ella, seguro! —se dijo en voz alta—. ¡Es Libby!

Tras atajar a través del patio delantero de Chet Mitchell por primera vez desde su última pelea, Spence subió los escalones de dos en dos y abrió de golpe la puerta mosquitera. Cuando irrumpió en la casa, jadeando y sin aliento, su mujer se incorporó expectante en el camastro, apoyándose sobre los codos, y le contempló mientras cruzaba la estancia. Al llegar al rincón en que yacía, Maud le miró implorante. Sus ojos marrones parecían inusualmente grandes y redondos y tenía la piel encendida y febril. El ligero camisón de rayón, la única prenda que había usado aquel verano y que había costado noventa y ocho centavos cuando era de un rosa subido, se le deslizó sobre los pechos. Los tirantes se habían roto tantas veces que había renunciado a remendarlos.

—Libby está en casa, ¿verdad? —dijo Spence, excitado, volviéndose y mirando a su alrededor—. Oí la radio funcionando cuando bajaba la calle por el canal. ¡Supe inmediatamente que era Libby! ¡Es la música que le gusta! —Se apartó del camastro como si fuera a buscarla—. ¿Dónde está, Maud?

Maud aferró su brazo desesperadamente antes de que pudiera alejarse. Sus afiladas uñas se clavaron dolorosamente en la carne y cuando él trató de librarse ella lo apretó más fuerte que antes. Mientras le atraía hacia el camastro, Spence volvió la vista hacia la puerta cerrada del otro dormitorio, preguntándose por qué Libby la habría cerrado en un día tan caluroso. Normalmente, cuando la mayor de sus dos hijas venía a casa de visita, lo que solía ocurrir una vez por semana, se quitaba la ropa, como la mujer de Chet Mitchell, Myrt, y se pasaba las horas de calor durmiendo. Luego, cuando refrescaba lo bastante como para vestirse, se levantaba y oía la radio durante varias horas. Esta era la primera vez que cerraba la puerta y se quedaba en la cama hasta tan tarde.

Maud le tiró muy fuerte del brazo.

—¿Me has traído lo del doctor Munday, Spence? —preguntó débilmente, su voz casi apagada por el estruendo de la música que emitía la radio.

Spence se revolvió nervioso. Quería encontrar a Libby cuanto antes, pero, al notar la expresión desesperada en el rostro de Maud, se dio cuenta de que tendría que esperar a explicarle por qué había fracasado en su intento de conseguirle una botella de tónico. Se sentó en el borde del camastro mordiéndose la punta de la lengua. Al cabo de un momento, sintió que el apretón en su brazo se aflojaba. Volviendo la cabeza, contempló a Maud mientras esta se recorría el pecho con los dedos distraídamente en busca del camisón, y se preguntó porque se molestaba en ponérselo, puesto que los tirantes no servían y el camisón siempre se le bajaba y acababa perdiéndolo. La última vez que lo había perdido se pasaron casi dos días buscándolo antes de que apareciera bajo el fogón de la cocina.

—Has ido y has vuelto con las manos vacías —dijo ella acusadoramente—. No me has traído lo del doctor Munday.

—No te sulfures antes de que te explique los malos ratos que he pasado, Maud —dijo él rápidamente.

Maud se recostó en el camastro, dejando caer pesadamente la cabeza sobre la almohada. Permaneció allí respirando de forma irregular mientras él rumiaba lo que podría contarle. Lo lamentaba por ella, porque sabía lo decepcionada que estaba, pero no se le ocurría nada que decir que pudiera sustituir el tónico. Le puso una mano en el hombro y la acarició con ternura. Maud abrió los ojos, sorprendida ante aquella inesperada solicitud.

—Creo que he visitado hasta la última tienda que he podido encontrar en todo el barrio sur —dijo con toda seriedad, tratando de que su voz sonara a disculpa y deseando que el hecho de haberse esforzado tanto en conseguir la botella pudiera depararle algún consuelo—. Maldita sea, no he podido encontrar a nadie, ni siquiera un chino, que me fiara una cosita insignificante como esa. Es para descorazonarse que ni siquiera un chino te dé algo de crédito.

Ella le cogió la mano y la arrojó de sí como si esperase poder estamparla contra la pared del otro extremo del cuarto.

—A estas alturas, debería tener suficiente sentido común como para no esperar de ti que encontraras un medio de conseguirme una cosa de nada que necesito tanto como el tónico —dijo con resignación, sin aliento y completamente exhausta al terminar de hablar.

Spence recogió algunos hilos sueltos de la colcha mientras ella cerraba los ojos con desamparo.

—Maud, lo sepas o no, la gente de esta parte del mundo no es como la gente de allí de casa —dijo, inclinándose hacia ella—. Por supuesto, nadie en su sano juicio esperaría que los mexicanos o los chinos fueran algo distintos de como son, porque al ser extranjeros no tienen más seso, pero hasta los negros de aquí son quisquillosos, y los blancos no son la clase de seres humanos de los que uno iría presumiendo. No son como nuestra gente y no hay forma de hacerse a ellos. Allá arriba en Beaseley County había cantidad de veces que los tenderos discutían y alborotaban con lo que teníamos apuntado en la cuenta, pero que me aspen si al final no acababan reculando y nos dejaban llevarnos lo que necesitábamos, fuera como fuera. Y, por supuesto, a la siguiente vez nos enzarzábamos para que me volviesen a fiar y la discusión empezaba de nuevo donde se había quedado, pero siempre acababan por dejar que me llevase lo que quería tal como me había propuesto desde el principio. Los tenderos de aquí abajo, en cambio, ni siquiera te dejan empezar a discutir. Y los chinos, que uno pensaría que se morirían de gusto por hacer negocios con un tipo como yo, se ponen a farfullar como cuervos en esa jerigonza suya, como si no supieran hablar el idioma que habla todo el mundo. En momentos así pienso que ojalá nunca hubiese caído en esta parte del mundo. Creo que no he nacido para estar más lejos de casa de lo que alcanza la voz.

Maud suspiró aburrida y se tumbó de lado, apretando su delgado rostro contra la pared. Hacía casi una semana desde la última vez que había sentido el sabor del tónico en la boca y casi el mismo tiempo que no se ponía en pie ni andaba por la casa. La primera vez que cayó enferma con fiebre y escalofríos, el dependiente de una farmacia le había vendido un bote de píldoras rojas que prometió que la curarían. Se tomó todas las píldoras del bote, pero al final de la semana no estaba mejor de lo que estaba antes de tomárselas, así que empezó a administrarse el tónico. Desde principios de primavera, cuando la fiebre con escalofríos comenzó, había tomado lo del doctor Munday cada vez que había podido conseguir una botella. El tónico no le había servido para curarse la fiebre con escalofríos, pero, no obstante, al poco rato de haberse bebido un cuarto de botella, o más, siempre se sentía tan bien como jamás se había sentido en la vida; y la sensación, que generalmente se prolongaba unas tres o cuatro horas, era uno de los pocos placeres en la vida que podía permitirse. La única cosa que le gustaba más era beberse toda una botella de una vez, pero su coste era prohibitivo. Pagaban sesenta y nueve céntimos por la botella de a dólar en las farmacias de descuento.

—Maud, he hecho cuanto he podido —dijo Spence, consolándola. Le puso la mano en el pecho y acarició la piel febril—. Quizá mañana se me ocurra una manera de conseguirte una botella.

Maud no dijo nada. Con el codo apartó su mano de un golpe y se cubrió el cuerpo con la colcha húmeda. El camastro empezó a temblar mientras los escalofríos la agitaban violentamente. Spence se puso en pie.

La música que llegaba del cuarto de al lado cesó de golpe con un gemido alto y penetrante, y Spence corrió hacia la puerta. Se inclinó, pegó el oído a la rendija y escuchó. En el cuarto no se oían ruidos de ninguna clase y empezó a preguntarse si no se habría engañado al pensar que Libby había venido de visita. Pensándolo bien, se dijo que Maud no había dicho una palabra de que Libby estuviera allí; es más, Maud podría haber encendido la radio ella misma. La música comenzó de nuevo y Spence, con otra melodía de baile llenando sus oídos, abrió la puerta y entró.

Los postigos estaban cerrados y al principio solo puedo ver los contornos en sombra del cuarto. Avanzó unos pasos y se detuvo.

—¿Libby? —llamó con aprensión.

Contuvo el aliento mientras esperaba a que contestase.

—¡Libby! —exclamó de nuevo.

En ese momento se dio cuenta de que ni siquiera escuchaba el sonido de su propia voz por encima de la música que emitía la radio. Se aproximó a la ventana más cercana y abrió el postigo.

—¡Libby! Qué demonios ... —dijo, buscando la radio.

Sin quitar los ojos de ella, encontró el botón y apagó la música.

—¿Qué está pasando, Libby? —preguntó lentamente.

Se acercó a los pies de la cama.

—¡Papá! ¡Sal de aquí! —dijo ella con enfado cuando se dio cuenta de que él estaba en el cuarto—. ¡Sal de aquí, papá!

La boca de Spence se abrió mientras la contemplaba. Estaba en la cama con un hombre que tenía una larga cicatriz púrpura en el hombro, como una herida de bayoneta. Cuando Spence se inclinó sobre la cama y le miró, se sorprendió al comprobar que la cara del hombre le resultaba familiar. Aparentaba unos veinticinco años, o al menos unos cuantos años más que Libby, que tenía veinte, y tenía hombros fuertes y musculosos y un rostro amplio y bronceado. La piel purpúrea sobre la herida era fina y transparente, como si hubiera acabado de cicatrizar hacía poco. Alzó la vista mirando a Spence y sonrió amistosamente. Spence le devolvió la mirada con vacilación. No sabía si sonreírle o fruncir el ceño. Era la primera vez que encontraba a Libby en la cama con un hombre. Se mordió la punta de la lengua, pensando qué decir.

—¡Papá, por favor, vete de aquí! —dijo Libby, inquieta.

Desde los pies de la cama, Spence se inclinó y escrutó el rostro sonriente del muchacho.

—¡Si eres Jim Howard Vance! —gritó Spence con jovialidad. En dos zancadas bordeó la cama—. ¡Que me aspen si no eres tú! ¿De dónde demonios sales, Jim, muchacho?

Palmeó varias veces la espalda de Jim Howard y luego le agarró del espeso y áspero pelo negro. Le sacudió la cabeza jugando.

—¿Qué haces por aquí, Jim, muchacho? —preguntó, excitado.

—¡Papá! —dijo Libby bruscamente. Se apoyó sobre Jim Howard y trató de empujar fuera a Spence. Este no le prestó ninguna atención—. ¡Papá, sal de aquí como te dije! —gritó ella con desesperación, golpeándole con los puños—. ¡Vamos, vete!

—¿No es increíble, dar contigo aquí de esta manera, Jim, muchacho? —dijo Spence, ignorando a Libby y sacudiendo a Jim Howard por el pelo—. No te veía desde que te llamaron a filas justo antes de irnos de Beaseley County. No sabía qué había sido de ti.

—¡Papá! —dijo Libby, enfurecida—. ¡Sal de aquí!

—¿Por qué? —preguntó Spence alzando el codo para protegerse de sus golpes—. ¿Por qué te comportas así, Libby?

—Porque ... —dijo ella—. ¡Vamos, vete!

—Bueno, quiero ver a Jim Howard —replicó, sentándose al borde de la cama—. ¿Dónde has estado todo este tiempo, Jim, muchacho? La última vez que oí hablar de ti dijeron que habías desaparecido en combate en alguna parte. Nadie esperaba ya volver a verte después de eso.

—Me recogieron en el campo de batalla más tarde —dijo Jim, sonriendo a Spence—. Yo también pensaba que nadie volvería a verme nunca más. Pero me trajeron aquí de vuelta y me enviaron a un hospital en donde trabajaron conmigo una temporadita. Me han hecho un buen remiendo.

Spence le palmeó la espalda sonoramente.

—¡Que me aspen, Jim, muchacho, no hubiera apostado un centavo a que volvería a verte! Odio verte con una cicatriz como esa que tienes en el hombro pero supongo que tienes suerte de tener un recuerdo como ese, que desaparecerá con el tiempo, en vez de que te hubieran matado y enterrado en uno de esos países de por allá, entre toda esa gente extraña ... ¿Y cómo es que estás tan lejos de casa? ¿Por qué no estás de vuelta en Beaseley County?

—Me darán el alta médica en unos días, y créame que es adonde ...

—Jim Howard tiene que volver pronto al hospital, papá —interrumpió Libby—. Podrás hablar con él en cualquier otro momento. ¡Por favor, papá!

Spence irguió la espalda, mirándoles ásperamente con sus negros ojos bizcos.

—¡Bueno, vamos a ver! —dijo—. ¿Vosotros habéis ido a casaros?

Jim Howard y Libby se miraron mutuamente.

—Bien, ¿lo hicisteis? —preguntó Spence con insistencia.

Jim Howard se pasó la mano por encima del hombro y se rascó la espalda. Libby se retorcía inquieta a su lado.

—No exactamente, papá —dijo Libby finalmente—. Quiero decir, no del todo. Tenemos la licencia, pero eso lleva tanto tiempo que decidimos que sería mejor esperar a ...

Jim Howard se inclinó a un lado de la cama y extrajo un papel de aspecto oficial del bolsillo de su pantalón. Extendió el papel ante Spence para que lo viera. Spence guiñó los ojos.

—¿Esperar a qué? —preguntó Spence a Libby—. ¿A qué hay que esperar cuando te casas?

—No tuvimos tiempo de hacerlo todo el mismo día, papá. No pudimos conseguir la licencia y además organizar la ceremonia y hacer todo lo demás. ¡Jim Howard tiene que darse prisa en volver!

—¿Darse prisa en volver adónde?

—Al hospital del Gobierno.

—¿Para qué?

—¡No entiendes nada de nada, papá! —dijo ella, enfurecida—. Se supone que no puede salir del hospital hasta que le den el alta. Se escabulló por unas horas para que pudiéramos conseguir la licencia de matrimonio y tiene que estar de vuelta antes de que le echen en falta. Si descubren que se ha escapado tal vez nunca le desmovilicen.

Spence asintió con un movimiento de deliberada calma. Quería mostrarse agradable en presencia de visitas, pero aún no era capaz de entender por qué a Libby no le preocupaba tanto como a él la ceremonia matrimonial todavía no celebrada. Era la única de la familia que siempre había respetado las convenciones de la vida.

—Me darán el alta en dos o tres días, si todo va bien —le dijo Jim Howard—. Tan pronto como me la den, al predicador no le llevará más que unos minutos casarnos. Entonces todo estará en orden, papá.

—¿Y luego qué ocurrirá? —preguntó Spence.

—Luego volveremos a Beaseley County —dijo—. Y eso es lo que deberían hacer ustedes también. Este no es lugar para ustedes. Me parece que usted ya lo ha averiguado por su cuenta. Por eso tenía tanta prisa por que yo y Libby nos casáramos. No quiero que esté en un sitio como este. Y no lo estará, porque me la llevo de vuelta a Beaseley County.


(Continues...)

Excerpted from Tierra trágica by Erskine Caldwell, Pablo Leonardo Martínez, José Luis Piquero González. Copyright © 1971 Erskine Caldwell. Excerpted by permission of Barcelona Digital Editions, S.L..
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