Un lugar llamado Estherville

Un lugar llamado Estherville

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Overview

Una casa de buena familia en el sur de Estados Unidos. Las cortinas de muselina se hinchan con la brisa que recorre la calle envuelta en la sombra de los alcornoques. Es el comienzo de la primavera. Un coche pasa.
Dentro, en la cocina, el joven mulato Ganus Bazemore está sentado con su casaca de lino abierta, los brazos apoyados sobre el hule blanco de la mesa.
Hay un revuelo a sus espaldas. En el marco de la puerta, por encima del hombro, ve la figura de Stephena, la heredera de la pudiente familia que lo emplea. Lleva un pijama amarillo, desabrochado a medias. Y zapatillas rojas de raso. La adolescente rica y malcriada ejerce toda su crueldad y poder sobre el sirviente negro. Ganus sabe que se le va de la vida si cede a la seducción.
No lo lleva mejor su hermana Kathianne, acosada por todos los patrones en cuyas casas trabaja. Pero, a diferencia de Ganus, Kathiane lucha calladamente por su dignidad, que la ciudad entera parece negarle.

Product Details

ISBN-13: 9788415997092
Publisher: Roca Editorial de Libros
Publication date: 02/28/2014
Sold by: Barnes & Noble
Format: NOOK Book
Pages: 199
File size: 796 KB

About the Author

El camino del tabaco y La parcela de Dios son las obras por las que Erskine Caldwell se ganó un puesto en la historia de la literatura. Hijo de un ministro de la Iglesia Presbiteriana se vio obligado desde muy joven a mudarse allí donde su padre encontraba trabajo, lo que le permitió empaparse de la esencia sureña americana. Reconocido tanto por la crítica como por el gran público, llegó a recibir elogios de William Faulkner y Ezra Pound.
Temas como la moralidad, la miseria, el racismo, la pasión salvaje y la violencia son tratados por Caldwell sin sofisticaciones desde una perspectiva profundamente humana con trasfondo sureño. Escritor de 25 novelas, 150 relatos, 20 colecciones de no-ficción, dos autobiografías y dos libros juveniles, murió en abril de 1987 a causa de un cáncer de pulmón.

Read an Excerpt

Un lugar llamado Estherville


By Erskine Caldwell, Pablo Leonardo Martínez, Carlos Mayor Ortega

Barcelona Digital Editions, S.L.

Copyright © 1976 Erskine Caldwell
All rights reserved.
ISBN: 978-1-4804-9087-1



CHAPTER 1

Hacía frío para la época del año en el interior de la casa, que era grande, blanca, de dos plantas y con columnata, pero intermitentemente corría una brisa cálida de primavera que llevaba aroma a jazmín empapado de rocío y entraba por las ventanas abiertas para hacer crujir el periódico del domingo, colocado encima de la mesa de la cocina. En el exterior, a ambos lados de la amplia y sombreada calle, frondosos robles negros se balanceaban sin descanso al ritmo del viento que agitaba sus ramas. Pasó un coche salpicado de barro, conducido de forma temeraria por alguien procedente del campo que llegaba tarde al oficio matinal de la iglesia baptista, y dobló por la esquina de casa de los Singfield.

Sentado cómodamente a la mesa de la cocina, reposando con los brazos apoyados en el hule blanco y las piernas cruzadas a la altura de los tobillos, Ganus Bazemore leía por tercera vez el suplemento de historietas de dieciséis páginas que llevaba el Sunday Journal. Ganus era una muchacho alto y esbelto que había cumplido los dieciocho años y tenía un atractivo color de piel leonado y el pelo negro y muy corto. Había terminado gran parte de sus tareas matutinas y era demasiado pronto para ponerse a preparar el almuerzo dominical.

Algo se movió levemente a su espalda. Volvió la cabeza y vio a Stephena en la puerta. Se puso en pie de inmediato y empezó a alisarse la chaqueta, blanca y almidonada. No se había imaginado que fuera a levantarse un domingo por la mañana hasta la hora de comer con sus padres.

—Buenos días, señorita Stephena —se apresuró a saludar. El último botón de la chaqueta se le resistió un poco, pero acabó de abrocharse el cuello—. No sabía que iba a despertarse tan pronto. Supongo que se me ha pasado el tiempo volando.

Stephena se recostó contra el marco de la puerta con un mohín descarado en los labios.

—Hace buen día —comentó Ganus distraídamente.

La joven cerró los ojos con aire somnoliento y bostezó. Llevaba la melena, castaño oscuro, aún sin peinar, y vestía un pijama de seda amarilla a medio abotonar y unas zapatillas de raso rojo fuego. Era una muchacha hermosa, alta y delgada como su madre, de grandes ojos pardos y labios sanguíneos y carnosos. Aunque apenas tenía dieciséis años, ya cursaba tercero de secundaria y salía con chicos por la noche, siempre con el permiso de sus padres, desde el verano anterior, además de ir a dar dos o tres paseos en coche por la tarde muchos fines de semana. Su padre, Charley Singfield, era el propietario de la mayor ferretería de Estherville, así como el presidente de la fábrica de aceite de algodón, y tenía suficiente dinero para proporcionar prácticamente cualquier cosa que, dentro de unos límites, pidieran tanto ella como su madre. La majestuosa mansión blanca con columnata de Greenbriar Street, heredada del padre de Charley, que la había levantado tras muchos años dedicado a una plantación de algodón, era la estructura más imponente de Estherville. Con frecuencia, los forasteros que llegaban al pueblo, y que habían vislumbrado por accidente algo de la miseria del barrio negro, en la zona sur, y comentado lo destartaladas y horrorosas que eran las chabolas y casuchas, entraban con el coche lentamente por Greenbriar Street, guiados por alguien que les señalaba la casa de los Singfield como el ejemplo típico de las grandes residencias de Estherville. Stephena se pasó los dedos por la melena oscura y alborotada y se la apartó de la cara con una sacudida de la cabeza que tenía bien ensayada.

—¿Qué hora es, Ganus? —preguntó aún somnolienta—. Me he despertado y no he conseguido volver a dormirme.

Ganus miró el reloj de cocina que colgaba de la pared.

—Casi las once, señorita Stephena —anunció, mirándola con admiración—. Debió de volver tardísimo anoche, señorita Stephena. La veo muy, muy dormida.

La joven asintió con indolencia.

—Fui a una fiesta. No llegué hasta casi las tres. —Se colocó la mano delante de la boca y volvió a bostezar—. Me divertí muchísimo. Fui con un chico encantador. —Sonrió embelesada—. Lo que pasa es que es de lo más tímido.

Ganus clavó la vista en las zapatillas de raso rojo. Era consciente de que ella seguía mirándolo y se sentía incómodo. Notaba el silencio del caserón, que le pitaba en los oídos mientras buscaba algo que decir. Pasó el peso del cuerpo de un pie al otro.

—Sus papás ya se han ido a la iglesia, señorita Stephena —dijo en cuanto se le pasó por la cabeza—. El señor Charley ha dicho que hoy iban a quedarse a todo, incluida la catequesis.

Era consciente de que lo observaba y se vio incapaz de resistirse al impulso de levantar los ojos. Irguió la cabeza y su mirada temerosa se topó con la languidez de ella; de inmediato sintió una punzada en la garganta y se percató de la familiaridad con la que lo contemplaba la joven con aquellos ojos entrecerrados. El aleteo provocativo de sus oscuras pestañas lo asustaba, pero, como había sucedido siempre, se sintió fascinado por ella a pesar del miedo. Desde que había entrado a trabajar para los Singfield el verano anterior, cuando a la muerte de su madre había llegado al pueblo junto con su hermana, Kathyanne, para vivir con su tía, Hazel Teasley, había quedado hechizado por Stephena. La actitud y las exigencias de la muchacha solían ser crueles, pero Ganus estaba cautivado y no podía remediarlo; en ocasiones se burlaba de él hasta que el chico creía que el tormento le resultaría insoportable, pero a pesar de todo siempre lo había sufrido de buen grado y alguna que otra vez con ansiedad. En una ocasión Stephena había entrado en la cocina abrazada a una almohada y lo había desafiado con infantil descaro a arrebatársela. El sirviente se preguntaba con frecuencia qué habría sucedido si se hubiera enzarzado con ella en una lucha por la almohada, cosa que no había llegado a pasar porque en aquel momento había regresado la señora inesperadamente y Stephena había salido corriendo hacia su cuarto. Ganus tragó saliva y se puso a hablar con un torrente apresurado de palabras que pretendían ocultar su nerviosismo y su aprensión.

—El señor Charley, su papá, ha dicho que no iba a la iglesia a menudo, pero que cuando iba quería sacarle todo el partido posible. Ha dicho que a lo mejor pasaban seis meses más antes de volver y que quería asegurarse de que le sacaba suficiente religión al pastor para que le durase durante todo un buen verano de calor.

De repente empezó a plantearse por qué habría bajado Stephena a la cocina en lugar de llamar para que le subiera el desayuno. Seguía de pie en el umbral, mirándolo prácticamente con los mismos ojos tentadores que aquella mañana en que lo había provocado con la almohada. Con un gesto nervioso, Ganus siguió pasando el peso de un pie a otro.

—¿Y eso es todo lo que ha dicho papá, Ganus? —preguntó ella con una sonrisa seductora.

El muchacho sintió que aquella punzada desagradable se le clavaba en la garganta de nuevo. Se humedeció los labios secos. Se daba cuenta de que lo asediaba a posta, pero no sabía cómo detenerla.

—Respóndeme, Ganus —insistió ella con tono infantil.

—Por favor, señorita Stephena, no empiece a hablarme así —suplicó el sirviente con sensación de impotencia.

—¿Por qué, Ganus?

—Señorita Stephena ...

—¿Tú también eres tímido?

—Por favor, señorita Stephena.

—Pues entonces vamos, contesta.

—Ojalá no me obligara a decir ...

La chica dio una patada en el suelo con impaciencia.

—Porque sabe tan bien como yo lo que dijo la última vez el señor Charley, su papá —respondió Ganus con más brusquedad de lo que era habitual, ya que tenía claro que era mejor impedirle que hablara de determinadas cosas.

—¿Qué dijo papá, Ganus? —insistió ella con falsa inocencia—. De verdad, es que se me ha olvidado. ¿De qué iba?

Ganus echó una mano hacia atrás y dio con la esquina de la mesa, a la que se aferró. Se daba cuenta de lo indefenso que se sentía siempre que ella decidía martirizarlo.

—Ya sabe lo que dijo el señor Charley que me haría si ..., si no me quedaba bien quietecito en mi sitio. Por favor, señorita Stephena, no me meta en un lío. Quiero seguir todo lo que me queda de vida sin un problema horrible como ese. Ya cuesta bastante ser de color y estar rodeado de gente blanca por todas partes, no trate de ponerme las cosas más difíciles, señorita Stephena. Yo siempre intento hacer las cosas bien. No hay otra si un chico de color quiere salir adelante en este mundo y no meterse en líos. Ya lo sabe, señorita Stephena, ¿verdad?

Se quedó con la ilusión de que respondiera, porque quería que le asegurase que, por mucho que lo provocase, no lo metería en un lío. Stephena se quedó mirándolo con gesto risueño hasta que Ganus se volvió abruptamente y se enfrascó en la preparación de su desayuno. Permaneció a la espera, segura de sí misma, hasta que de repente el muchacho la miró de reojo con inquietud.

—Ganus ... —empezó, alargando la palabra con insinuación.

El sirviente le dio la espalda y se puso a hablar en voz bien alta, con la esperanza de impedirle que fuera más allá:

—La señora Stella, su mamá, me ha dicho que le preparara una buena tortilla esponjosa si se levantaba a tiempo para desayunar y le llevara muchas tostadas de pan moreno con montones de mantequilla y ...

Se detuvo de repente al oír el chasquido de las sandalias de tacón contra el suelo de la cocina. Stephena tardó apenas un momento en situarse a su lado.

—No pienso comerme una porquería de tortilla, Ganus —anunció—. Quiero huevos revueltos con nata, tomate fresco bien cortadito y mucho tocino.

Ganus la miró con incomodidad.

—Pero es que la señora Stella me ha dicho que no me olvidara de prepararle una tortilla y siempre me gusta hacer exactamente lo que me dice su mamá.

—Has oído lo que te he dicho, ¿verdad, Ganus Bazemore? —replicó ella con un tono severo de disciplina—. ¿No piensas hacer todo lo que te ordene?

—Sí, señorita —repuso él con una inflexión de disculpa.

—Pues entonces obedece y deja de llevarme la contraria de esa forma. ¿Quién te has creído que eres? No pienso aguantar ese tono. ¿Lo entiendes, Ganus?

—Sí, señorita. Lo entiendo, señorita Stephena —respondió, asintiendo con solemnidad antes de dirigirse a los fogones.

Al cabo de un momento la muchacha se había colocado de nuevo a su lado y lo miraba a la cara mientras él rompía tres huevos y empezaba a batirlos en un tazón. Ganus trataba de no dirigir los ojos hacia los de ella, que le arrebató el tazón y lo dejó caer despreocupadamente encima de la mesa. Luego se volvió hacia él con una sonrisa zalamera.

—¿No te gusta hacer lo que te ordeno, Ganus?

Hablaba en voz baja e íntima, y el chico sintió que una debilidad le arrebataba la fuerza de los músculos de los brazos y las piernas. Se le había acercado tanto que percibía el aroma familiar y de una dulzura placentera que desprendía su cuerpo y se quedó embelesado con el ascenso y el descenso rítmicos de sus pechos de niña en la profunda abertura del pijama.

—¿Qué? ¿Te gusta o no, Ganus? —repitió persistentemente con el mismo tono zalamero.

El sirviente dio un paso atrás y volvió a humedecerse los labios resecos. Se había distraído tanto mirándola y oliéndola que no recordaba qué le preguntaba con tanto afán.

—¡Ganus! —insistió ella con brusquedad.

—¿Qué ...? ¿Qué ha dicho, señorita Stephena? —preguntó, confundido.

—Que si no quieres hacer siempre todo lo que te ordeno.

—Ya sabe que sí, señorita Stephena, que siempre quiero hacer exactamente lo que me ordena —aseguró con seriedad—. Siempre lo procuro.

Stephena se dio la vuelta con un movimiento provocativo de las caderas y se sentó en el borde de la mesa. A continuación empezó a balancear los pies adelante y atrás.

—Ganus, ¿qué más ha dicho papá?

—El señor Charley no ha dicho nada más. No le ha hecho falta, con lo que ha dicho había de sobra.

La chica echó la cabeza hacia atrás y se rio de él. Los pies aceleraron su vaivén y se convirtieron en una mancha rojiza y borrosa a ojos de Ganus. Daba la impresión de que las carcajadas llenaban la casa de un eco burlón.

—¿Tienes miedo, Ganus? —preguntó entonces.

Llenó los pulmones de aire antes de lograr responder.

—Desde luego que sí, señorita Stephena. Quiero estar sólo a lo que tengo que estar, como debe hacer todo buen sirviente de color, y no meterme en ningún lío. Lo tengo muy decidido.

—¿De qué tienes miedo?

—Precisamente de lo que sé en el fondo de los huesos que debería darme miedo, de eso.

—¿Te doy miedo yo?

Ganus no le contestó.

Los pies de la chica se movían más deprisa debajo de la mesa.

—No entiendo qué quieres decir, Ganus. No me dices de qué tienes miedo. ¿Cómo voy a saberlo?

—Señorita Stephena, eso es una mentira como una casa. Lo sabe tan bien como yo.

Se rio de él y se sentó con la espalda erguida. Las zapatillas de raso rojo fuego se quedaron inmóviles.

—Mírame, Ganus. ¿No te parezco atractiva?

Asintió casi al instante con una sacudida nerviosa de la cabeza. Durante un buen rato no vio otra cosa que aquellos ojazos marrones que titilaban ante él, mientras ideas confusas se abrían paso a trompicones por su mente.

—Desde luego que es guapa, señorita Stephena —oyó que decía el extraño sonido de su propia voz. Los pensamientos que lo asaltaban le resultaban sorprendentes y aterradores, pero no lograba deshacerse de ellos—. Es la chica más guapa del mundo. En la vida había visto a nadie tan guapo. Ojalá el Altísimo hubiera ..., hubiera ...

—¿Hubiera qué, Ganus? —preguntó ella con rapidez, doblando el cuerpo hacia delante. Le temblaban los hombros casi imperceptiblemente—. ¿Hubiera qué, Ganus? Dímelo. Tengo que saberlo.

El muchacho sintió un frío húmedo en la frente y al bajar la vista hacia las manos se encontró con gotas diminutas de sudor que brotaban de la piel.

—No me gusta que me provoque de esa forma ... Son cosas que no tienen solución —señaló, en tono de súplica—. No está bien, señorita Stephena. No está nada bien.

Ella llevó un pie hacia delante y observó entretenida el raso rojo fuego. Al cabo de un rato echó hacia atrás la melena alborotada y lo miró fijamente.

—Ganus, ¿qué harías si ..., si los dos fuéramos lo mismo?

Entendió en el acto a qué se refería. Negó con la cabeza y apartó la vista de ella para clavarla en la calle sombreada que se divisaba por la ventana.

—¿Lo has pensado alguna vez?

Negó una vez más con la cabeza, con aire resuelto.

—A mí me parece que sí, ¿eh, Ganus?

Ante eso fingió no haberla oído.

—Yo lo he pensado —prosiguió ella, con tenacidad—. Tú también. Lo sé muy bien.

—Por favor, señorita Stephena, no me obligue a decirlo.

—No se lo contaré a nadie. Que me muera ahora mismo —prometió ella solemnemente, inclinada aún más sobre el borde de la mesa.

—Preferiría que no hablara así —pidió él, tras tragar saliva—. Y que tampoco me hiciera hablar a mí de eso. No me parece bien. La última vez que me lo preguntó ya le dije que un muchacho como yo no debería abrir la boca para decir según qué cosas. Con eso podría meterme en un lío de los peores que hay. Y yo desde luego no quiero meterme en esos líos horribles. He oído historias de chicos de color que han dejado que alguna blanca los meta en líos y no quiero que me pase a mí. Quiero mantenerme bien alejado de los líos esos, todo lo que me permita el Altísimo. Eso lo tengo ya decidido para lo que me queda de vida. Venga, no vuelva a decirme esas cosas. No hable de eso.

Stephena se puso roja de ira. Las arrugas que formaban sus labios, apretados con fuerza, se tensaron aún más.

—No esperaba que te atrevieras a hablarme en ese tono.

—No pretendía decirlo así en absoluto, señorita Stephena —trató de explicarse—. Lo único que he querido decir ha sido lo que me preocupa. Ya sabe que no le contestaría con malos modos.


(Continues...)

Excerpted from Un lugar llamado Estherville by Erskine Caldwell, Pablo Leonardo Martínez, Carlos Mayor Ortega. Copyright © 1976 Erskine Caldwell. Excerpted by permission of Barcelona Digital Editions, S.L..
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Table of Contents

Contents

Portadilla,
Créditos,
Parte 1: A principios de primavera,
Parte 2: A mediados de verano,
Parte 3: A finales de otoño,
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